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Periódico Vecinal de la Cuenca San Juan de Dios de Valparaíso - cerros Yungay, San Juan de Dios, La Loma, Cárcel, Panteón y alrededores.

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Hermanos Montgolfier: imágenes de infancia


Testimonio de Gustavo Moya Silva, periodista, residente actual y bisnieto del creador del Conjunto Habitacional Montgolfier, Elías Silva Ugarte

Por Joaquín Velasco y Luzmaria Saldìas

Nací porteño, en el hospital alemán del cerro Alegre, soy hijo de Valparaíso.

Desde siempre he vivido en el cerro Panteón, uno de los 42 cerros que forman el paisaje de este puerto amado.

Su nombre se debe a que allí se radican desde la primera mitad del siglo XIX los cementerios 1 y 2 : Católicos y el de Disidentes. Este último, alberga en su mayoría a calvinistas, luteranos y masones.

Este cerro es pequeño, es el único de Valparaíso que cuenta con sólo una calle, llamada Dinamarca, donde hay mas muertos que vivos…

Allí, junto a la familia de mi madre, han vivido desde que recuerdo: embajadores, diplomáticos, chilensis y gringos avecindados, en casas inmensas con grandes arboledas y en la esquina, una famosa residencial ( otrora casa fiscal del Servicio de Salud), que fue testigo de los dolores y el paso de la histórica Cárcel de Valparaíso; convertida hoy en Parque Cultural. Ese ángulo del cerro representa lo que fueron los 17 años de la dictadura, prisión y muerte …

Se trata de una larga calle, con huellas y adoquines, llena de curvas, que mira la ciudad desde las alturas.

Un par de años después del fatídico terremoto de 1906, donde la ciudad de Valparaíso fue remecida por vientos de terror, fuego y muerte, mi bisabuelo, don Elías Silva Ugarte, con ahorros venidos de las salitreras del norte, invitó a sus hijos Elías y Edmundo, ingeniero y constructor civil, respectivamente, a construir dos grandes edificios, de tres pisos cada uno, con fachada de concreto, en Avenida Ecuador, al pie del cerro Panteón, con entrada también por la escala de Hermanos Montgolfier.

Posteriormente continuaron en Dinamarca, con un conjunto de 50 casas típicamente porteñas: de altas murallas, grandes habitaciones separadas por un largo pasillo, con pisos de reluciente madera y luminosas ventanas. Cada una de ellas, con un baño individual, que era considerado un gran lujo para la época. Todas estaban unidas entre si, por puentes de madera, que invitaban a la vecindad y a la amistad.

El conjunto habitacional estaba cercado por un muro de piedra que hacía las veces de gran jardinera, que llenaba el barrio de cardenales y humildes flores blancas y amarillas, que coloreaban nuestros cerros en Fiestas Patrias.

Lo llamó Hermanos Montgolfier, en reconocimiento a los inventores de los globos voladores de helio, como sus sueños de constructor.

Allí crecí junto a los pequeños vecinos de Dinamarca.

Nuestro parque era el cementerio de los Disidentes; el que en ese tiempo tenía sus muros muy bajos, de modo que era nuestro jardín, nuestro patio de juegos, paseos familiares y también nuestro refugio. El administrador de ese recinto tenía dos hijos de mi edad mas menos y como su casa comunicaba con el cementerio, con ellos jugábamos a las escondidas en la noche, entre las tumbas…

Allí crecimos juntos, en la complicidad de los juegos de niños y luego compartiendo los secretos de la adolescencia. Éramos una gran patota de hombres, pero incluíamos a una bella niña del barrio de largos cabellos claroscuros que ponía glamour y sonrisas a nuestros juegos infantiles.

Saltábamos de tumba en tumba imaginando grandes proezas, haciendo bromas a quiénes pasaban por la oscura calle, escapando de la lluvia y el viento y abrazando el sol en días de primavera. Desde allí encumbramos coloreados volantines, derrotando la gravedad, pero nuestro juego más querido, era recrear el funeral de los bomberos.

Las pequeñas cajas de fósforos se convertían en carrozas tiradas por caballos imaginarios, que salían de las cocheras, que colindaban y colindan con el sector, acompañadas de mil bomberitos de plomo. Las cajas vacías de pasta de dientes, eran las urnas, que una sobre otra formaba el gran mausoleo. El escenario de nuestros pasatiempos infantiles era el largo muro de tierra que servía de soporte a las paredes del cementerio.

Con ello, rendíamos sin querer, homenaje a la gran tradición bomberil de enterrar a sus héroes de noche, iluminados por grandes antorchas de fuego, que llegaban en caravanas hasta “nuestro parque”. Desde allí los niños de ayer mirábamos en silencio este momento mágico, solemne, porteño, que es historia y presente en nuestra ciudad.

Con palabras de hoy, diríamos que este era un barrio “inclusivo”, donde cohabitábamos parientes, vecinos, chilensis y gringos, profesionales y gente de trabajo.

Con el tiempo, una buena parte este conjunto de hermosas casas armadas sobre pilares de madera, adobes tinglados y sus puentes que unían familias e historias, fueron devoradas por el fuego una madrugada del 1 de enero del 2000 y un verano del 2004. Así, de las 50 casas sólo quedaron 28.

Hoy, nuevos habitantes han llegado a formar parte de este legado arquitectónico y social que es Hermanos Montgolfier,  personas y personajes, venidos de distintos mundos son nuestros vecinos: jóvenes profesionales, artesanos, gendarmes y ex internos, creadores de museos, dirigentes de la diversidad sexual, representantes de la política local, administradores de centros culturales, antiguas vecinas, esforzados trabajadores, madres apechugadoras y yo, con uno de mis hijos y su familia; herederos de los sueños de mi bisabuelo y abuelo de construir un espacio habitacional que mirara el mar desde el cielo y donde el barrio fuera una gran familia.


Cerros Alegre, Cárcel y Panteón: alfa y omega de mi vida

Tras los barrotes de la tercera galería, donde estábamos confinados los Prisioneros Políticos de la dictadura, observaba a mis compañeros que caminaban de un lado a otro de la cancha, pisoteando una y otra vez  su ripioso suelo. Arriba, me acompañaba el silencio de prisión, de dolor contenido, que es gesto callado de rebelión, roto por el ladrar de algunos perros…Levanté la vista y mis ojos se fijaron en el Hospital alemán, del cerro Alegre, Alfa de mi  vida , donde un  día lloré por primera vez.

Un pensamiento interior me llevó a cruzar  el puente de esa galería y asomarme por la ventana de una celda amiga. Nítida a mi ojos, como mil recuerdos, pude ver la parte alta de mi hogar de siempre, en calle Dinamarca, a sólo dos cuadras por el aire, y más cerca aún, la cúpula del mausoleo familiar, a la entrada del cementerio 2, Omega de mi vida, dónde pude haber llegado,  pero que será mi segura última parada.

Era víspera de la navidad de 1973  y un cántico lúgubre invadía la prisión

¿Habría alguien mas que reuniera todas estas coordenadas de su vida, al mirar de sus ojos?

Un puente de lágrimas  une esta Navidad  el alfa y omega de mi vida … A dos cuadras de mi hogar, esta noche un nieto, un hijo , un hermano, un compañero y un joven padre, no llegará a cenar.

Gustavo Moya Silva
24 de diciembre de 1973   

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